Golden Crown


  Con una sonrisa que trataba de ocultar su nerviosismo, agitaba una coctelera frente al público que observaba atento las maniobras del conjunto de candidatos del XXXI Concurso de Cóctel de Jerez de la Frontera. Su mejor camisa blanca resplandecía mientras oficiaba su cóctel estrella. Su pasión por los Solera Gran Reserva junto a su vocación de barman le habían llevado a querer presentarle al mundo las bondades de este destilado de vino y su versatilidad, preparando un famoso Golden Crown. Apostó por un Cardenal Mendoza Clásico, de las centenarias bodegas Sánchez Romate, que sabía no le fallaría: elegancia y equilibrio embotellados que maridaban perfectamente con la crema de chocolate artesana. Decantó el líquido sobre la copa y lo adornó con una cereza confitada mientras el jurado se acercaba a la barra y se disponía a deliberar.


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Tres consejos

  A ti que por encima miras,
te cuento entre bambalinas:
observa con quien caminas,
cuida por quien suspiras
y no sufras de mentiras,
que la vida es muy corta
y la verdad reconforta
hasta a los que hallan tumba;
procura que a ti te incumba
lo que este epitafio aporta.


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Ajishar, el condenado

  Sobre el amplio escenario,
puestas sus mejores galas,
pensaba que llenar salas
era su peor calvario;
todo un sexagenario
dispuesto a dar más de sí,
por no estimar baladí,
de sus dedos todo el arte,
con que poder obsequiarte
y amparar cual sefardí.

  Finas teclas nacaradas
sus apéndices surcaban;
dulces, las notas rozaban
a las faces congregadas,
cual plumas delicadas,
erizándoles el vello,
con el sonido más bello
que jamás hubiera oído
cualquier ario allí reunido,
con esvástica por sello.

  Sus aplausos efusivos,
lejos de lisonjear
al anciano Ajishar,
le aludían, incisivos,
al resto de cautivos;
proyectaba al ser coreado,
cómo fue capturado
aquella aciaga noche
repleta de ira, reproche
y vidrio fracturado.

  Una lágrima emergía
desde su ya seco pozo
de cualquier alborozo;
sonreír jamás volvería
tras aquel funesto día
en el que comprendió
que, aunque sobrevivió,
no fue un tipo de suerte
sino lenta, la muerte,
que en vida se le otorgó.


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Destello en la oscuridad


  Fugaz destello dejo en el camino,
bajo el poder de esa dulce mirada,
que desde el cielo noto esperanzada,
guiándome rauda hacia mi destino.

  Mas con tenue brillo mortecino,
mi montura queda estacionada,
dejando la incertidumbre sembrada,
cuando en la oscuridad me difumino.

  En etéreo disfraz de partículas,
próxima a copos de nieve desciendo,
con fin de colonizar sus aurículas.

  Niña, tu deseo me hallo cumpliendo:
con la esperanza propia de películas,
atiborrar a ese hombre falleciendo.


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El buen gusto de un Resano urbanita


  Una gran polvareda se apoderó del establecimiento cuando el anticuario sopló la superficie del objeto.

  ―Quédese el cambio -adujo contento con el objeto bajo el brazo mientras las campanillas de la puerta tintineaban con su marcha.

***

  Sobre el sillón orejero de cuero granate fumaba triunfal de su pipa de espuma de mar, contemplando el bello Cunchillos en óleo sobre lienzo.

  ―Por fin te tengo….


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Soy tú por unos instantes…


  Del silencio brota, delicada y musicalmente, el eco de un comedido júbilo; sin afán de robarle protagonismo, envuelve de dicha la estancia en la que te encuentras sentado/a leyendo; dudas de si ese regocijo pertenece a hombre, a mujer o a ambos a la vez, entrelazándose, pero oyes el sonido de esa felicidad asexual, unas veces cerca…, otras lejos.
Un velo sedoso ondulante, sin color determinado, ocupa la escena, insinuando una amplia sonrisa tras él; es la sonrisa más bella y sincera que hayas visto tan de cerca…, tan a fondo; te deleitas en su perenne esplendor, sin prisa, sintiéndote reconfortado/a.
El vello se eriza, sutilmente, cuando sientes la caricia sobre tu piel; no concediste permiso alguno, mas cierras los ojos, delicadamente, abandonándote a ese suave tacto que tan bien parece conocer tu ser.
Palabras posadas sobre tu oído, pretendiendo ahondar en tu interior y, por meta, alcanzar tu corazón: «Quiérete; eres lo más valioso que puedo poseer», susurra la familiar voz.

  Sacudiendo lo que crees ensoñación, te levantas y respiras profundamente. Vislumbras algo en el espejo; al acercarte atisbas tu reflejo mirándote, fijamente, mientras esboza un dulce gesto. Extiendes tu brazo hacia él…, observándote…, observándole.

  Y…, por unos instantes….


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