La Última Llamada

  El teléfono sonó a las cuatro de la madrugada y, aunque contenido por las paredes de aquella pequeña cabaña en medio del bosque, interrumpió el silencio de la cerrada noche. La lluvia comenzó a precipitarse con fuerza sobre la choza, chapoteando libremente en su tejado; el pequeño tintineo del agua que se filtraba por la gotera golpeando el interior del habitáculo, comenzaba a acompañar al escandaloso sonido del teléfono. El viento, embravecido, proyectaba a rachas la lluvia sobre las empañadas ventanas y silbando vehementemente, zarandeaba las copas de los frondosos árboles que circundaban amenazantes aquel emplazamiento. Las aves nocturnas que se guarecían en las ramas más fuertes de los árboles y que observaban el lugar de donde procedía aquel sonido rítmico característico de esa interminable llamada, comenzaron a ulular, sumándose al chapoteo de la lluvia y al sonido de la ventisca. Los inesperados rayos rasgaron el cielo nocturno, otorgando una tonalidad distinta a la noche mientras jugaban con sus sombras; los truenos se sumaron al concierto que otorgaba la Naturaleza en aquel recóndito pedazo de tierra. Un rayo cayó vertiginoso sobre uno de los gigantescos árboles, resquebrajando una de sus ramas con un fogonazo y un estrépito. Aquella rama, aliada en secreto con la fuerza de la gravedad, tomó la trayectoria justa para abalanzarse sobre el tejado y las paredes de aquella construcción, derruyendo parte de su estructura. El agua y el viento entraban ahora a placer en su interior, intentando apagar la insistente llamada de aquel artilugio. Una de las aves emprendió el vuelo hacia la descubierta cabaña al mismo tiempo que el viento conseguía precipitar el teléfono desde esa sobria mesa de madera hacia el mojado suelo. El ave aterrizó muy cerca del descolgado teléfono; el brillo del negro auricular descolgado se reflejaba en su grande y brillante pupila; curiosa se fue acercando más, y meneando la cabeza ligeramente hacia un lado y el otro intentando comprender, llegó a colocar uno de sus oídos sobre el callado aparato. El prolongado y continuo pitido del aparato reverberó en la cabeza del ave antes de reemprender el vuelo ululando. El repentino cese de la tormenta dejó en evidencia que el teléfono dejó de sonar a las siete de la mañana, con los rayos de sol de un nuevo amanecer acariciando aquel virgen bosque.


  Todas las imágenes empleadas en mis artículos provienen de Pixabay y están hipervinculadas a dicha página.

Omar

   Su delgado cuerpo apenas levantaba ya el polvo del camino con sus serpenteantes pies; los rayos de sol incidían con furia sobre el joven muchacho, que con la cabeza gacha y la visión borrosa, se tambaleaba aferrándose a un fino hilo de vida; la seca e insípida arena que se le hospedaba en la boca era ya vieja inquilina, fiel reflejo de la peor sequía habida en décadas; el zumbido de las moscas a su alrededor le mantuvo despierto lo suficiente como para oler aquel pequeño charco de aguas estancadas sobre el que se dejó caer, sorbiendo ávidamente el preciado líquido hasta desmayarse.

   Omar se despertó sobresaltado y sudoroso debido a su ya vieja y repetitiva pesadilla. Su padre adoptivo le devolvió la tranquilidad con una cálida sonrisa, observándolo desde el dintel de la puerta de su habitación, mientras se acicalaba su poblada barba blanca y le apremiaba para vestirse: saldrían a pasear juntos por la ciudad.
La blanca nieve no dejaba de fascinar a Omar, que solía revolcarse en ella en el jardín de su casa y hacer muñecos de nieve con su padre por estas fechas.
Los grandes abetos, decorados con multitud de adornos y luces de diversos colores, le hacían ir señalando a diestra y siniestra y reclamar la atención de su padre continuamente, exaltado.
Pero si algo adoraba de estas fechas era la gran cantidad de puestos de golosinas que habitaban la céntrica calle de su ciudad.
Su padre le compraba una gran bolsa de golosinas todos los años y Omar, como todos los años, se dirigía de la mano de su padre con la bolsa de chucherías, al tramo donde se congregaban la mayor parte de indigentes.

   ─Para mis hermanos -decía siempre feliz mientras repartía todas las golosinas.


  Todas las imágenes empleadas en mis artículos provienen de Pixabay y están hipervinculadas a dicha página.

Almendro, Árbol Divino

Antiguas raíces pueblan nuestros terrenos.
Longevos especímenes que hacen de ellos su reino.
Mágicos ejemplares que con el frío pareciendo muertos,
Eclosionan de su letargo con poder divino.
Nacarino, el mensaje con que nos deleitan,
Dirigiendo el níveo resurgimiento pentámero
Raudo, cual si temiesen que la calidez que necesitan,
Ofendida se sintiese por no agasajarle con detalles rosáceos.

Ávidas criaturas de fino paladar acuden,
Revoloteando grácilmente entre sus mieles,
Buscando tenaces lo que aquella invisible fuerza
Ordena, haciendo uso de ellas cuales títeres,
Lisonjeadas por el dulce efluvio que promueven.

Destino prístino, la encomienda de tales deberes,
Interactuando directamente en el bienestar de muchos seres.
Vívida orgía con leves zumbidos enmascarada,
Inducen a la obtención de la semilla tan esperada,
Necesitada, como origen de una extensa progenie,
Obrando el deífico dictamen de perpetuar la especie.


  Todas las imágenes empleadas en mis artículos provienen de Pixabay y están hipervinculadas a dicha página.

The Container

   The line of people bordered the corner of the Salud street until arriving near the doors of a famous book store on the Gran Vía, in Madrid. In a light-hearted way, some of them having a coffee or smoking a cigar, chatted and commented with each other about the novelty of which they were going to be participants while they waited their turn. And it is that, in fact, the curiosity had seized of those passers-by who, having a free space in their agendas, decided to try that mysterious experience that was offered for free.

   The cargo container, with dimensions of a small truck box, was located on one side of the sidewalk, in a longitudinal direction to it, to facilitate access to the library and the normal course of pedestrians on the busy sidewalk. Its walls were covered by large black curtains that fell to the clean sidewalk, and that from time to time, and before some small breeze of air, its undulations left exposed, momentarily, what looked like a series of photographic prints, barely deductible, on methacrylate walls.

   A pretty woman, at the entrance of the container, was giving way to the people in the row while announcing by megaphone the virtues of the virtual reality machine that was inside, as well as its gratuity. At the exit of the container, a handsome man provided the users with brief instructions and, immediately after, these users waited on the sidewalk in front, looking towards the container.

   From that sidewalk, one could see if paying attention, that people entered the cargo container with a smile and some expectation, and that they came out pale and even with tears in their eyes.

   Inside the curtained container, a comfortable and ergonomic black chair, with speakers in the headrest and a new system of vibration and rotation on an axis, waited empty in front of a modern 3D screen and their corresponding glasses.

   The dark and soundproof interior promoted a greater concentration of the spectator for the projection of a sequence first-person images, whose duration did not exceed ten minutes. The images and sounds followed each other, faithfully reproducing the environment, the environmental noise and even the thoughts of the protagonists with a voice-over.

   From that little boy who was happy playing with dolls and imagining stunning dresses under the disapproving look of his parents, to a woman in her forties who, looking at herself in the mirror while her mascara was running, thought of how unfortunate she was to have to adapt to the role of a good married woman, relegated by the puritanical society, while she dreamed of wearing a nice suit with a tie and seducing some beautiful woman as the handsome gentlemen do.

   The thoughts reflected the reality of those people, as well as the environment that criticized them, rejected them or, in general, made them suffer.

   That teenager who felt the rejection of his classmates for not being one more playing football, while in his room hung pop boys posters instead of those of the stunning models who liked the rest.

   The pain of that man in the postoperative period after breast implants and the operation of sex change and, at the same time, the full happiness of feeling fulfilled, identified with herself finally.

   The booing of that radical group about the woman who, with shaved hair, loose clothes and some acne, walked hand in hand with the only woman who had understood her in all her life.

   That father, who when explaining his true sexual condition and future purposes to his wife and children, felt how fear and emptiness seized him and his now empty house, while he saw them leave in a hurry with suitcases in tow.

   The dull sound of a fist striking the delicate face of that woman, who watched in amazement as the individual in front of her rebuked and threatened again with his fist, for not having revealed him before her past as regional rugby player.

   The impotence of that man in military service who, even managing to perform like the rest of his comrades, had to endure the laughter of the officers, regarding that he should have stayed at home weaving scarves with his mother.

   Ten minutes spent fast, in a whirlwind of images and sounds that left the bitter feeling of having lived ten lives full of anguish. Usually, people got up dizzy from the chair and, with tears in their eyes, proceeded to leave the container, staggering.

   When a large number of people had already passed inside the container, the woman and the man at the entrance and exit, respectively, announced through the megaphone the withdrawal of the black curtains from the container.

   The curtains gave way to various labeled images, both of the woman and of the man, before being operated on sex changing. Various images of accusing fingers were interspersed; images of both with a black eye on a occasion when they were attacked; but also photos were interspersed with hands outstretched in support and their own faces, smiling and happy, all forming a quite representative collage.

   In the center of each side of the container, highlighting above all and in very large letters of different colors, a labeled phrase claimed: A virtual reality machine called EMPATHY.

   The applause of the audience that waited on the sidewalk next to the applause of other people, who did not even get to enter the container, was the melody that accompanied those two watery looks adorning, with smiles of rejoicing, the complicity of their old link.


  All images used in my articles come from Pixabay and are hyperlinked to that page.

El Contenedor

   La fila de personas bordeaba la esquina de la calle de la Salud hasta llegar cerca de las puertas de una famosa tienda de libros de la Gran Vía de Madrid. De manera desenfadada, algunos tomándose un café o fumándose un cigarro, charlaban y comentaban unos con otros la novedad de la que iban a ser partícipes mientras esperaban su turno. Y es que, en realidad, la curiosidad se había apoderado de aquellos viandantes que, teniendo un hueco libre en sus agendas, decidieron probar aquella experiencia misteriosa que se ofertaba de manera gratuita.

   El contenedor de carga, de las dimensiones de la caja de un camión pequeño, se situaba en un lado de la acera, en sentido longitudinal a ella, para facilitar el acceso a la librería y el transcurso normal de los peatones por la concurrida acera. Sus paredes estaban recubiertas por grandes cortinajes negros que caían hasta la limpia acera, y que de vez en cuando, y ante alguna pequeña brisa de aire, sus ondulaciones dejaban al descubierto, momentáneamente, lo que parecían una serie de estampaciones fotográficas, apenas deducibles, sobre paredes de metacrilato.

   Una guapa mujer, en la entrada del contenedor, iba dando paso a la gente de la fila mientras anunciaba por megáfono las virtudes de la máquina de realidad virtual que se encontraba dentro, así como su gratuidad. A la salida del contenedor, un apuesto hombre facilitaba a los usuarios unas breves instrucciones y, acto seguido, dichos usuarios esperaban en la acera de en frente, mirando hacia el contenedor.

   Desde dicha acera, uno podía observar si se fijaba atentamente, que la gente entraba al contenedor de carga con una sonrisa y cierta expectación, y que salían pálidos e incluso con lágrimas en los ojos.

   En el interior del cortinado contenedor, un cómodo y ergonómico sillón negro, con altavoces en el reposacabezas y un nuevo sistema de vibración y rotación sobre un eje, aguardaba vacío frente a una moderna pantalla 3D y sus correspondientes gafas.

   El oscuro e insonorizado habitáculo promovía una mayor concentración del espectador para la proyección de una secuencia de imágenes en primera persona, cuya duración no superaba los diez minutos. Las imágenes y sonidos se sucedían, reproduciendo fielmente el entorno, el ruido ambiental y hasta los pensamientos de los protagonistas con voz en off.

   Desde aquel niño pequeño que era feliz jugando con muñecas e imaginando vestidos despampanantes de gala bajo la reprobatoria mirada de sus padres hasta una mujer de unos cuarenta años que mirándose al espejo mientras se le corría el rímel, pensaba en cuán desafortunada era por tener que adaptarse al puesto de buena mujer casada al que la puritana sociedad le relegaba, mientras soñaba con vestir un bonito traje con corbata y seducir como apuesto caballero a alguna bonita mujer.

   Los pensamientos reflejaban la realidad de aquellas personas, al igual que se ponía de manifiesto el entorno que las criticaba, rechazaba o que, en general, les hacía sufrir.

   Aquel adolescente que sentía el rechazo de sus compañeros por no ser uno más jugando al fútbol, mientras en su habitación colgaban pósters de los grupos de chicos pop del momento en vez de los de las despampanantes modelos que gustaban al resto.

   El dolor de aquel hombre en el postoperatorio tras los implantes de senos y la operación de cambio de sexo y, al mismo tiempo, la felicidad plena de sentirse realizado, identificado consigo mismo finalmente.

   El abucheo de aquel grupo radical sobre la mujer que, con el pelo rapado, ropa suelta y algo de acné, paseaba de la mano de la única mujer que le había comprendido en toda su vida.

   Aquel padre de familia, que al explicarle su verdadera condición sexual y propósitos de futuro a su mujer e hijos, sintió como el miedo y el vacío se apoderaban de él y de su ahora vacía casa, mientras los veía partir apresurados con las maletas a cuestas.

   El sordo sonido de un puño impactando en el delicado rostro de aquella mujer de metro ochenta, que contemplaba estupefacta cómo el individuo que tenía delante le increpaba y amenazaba de nuevo con el puño, por no haberle desvelado antes su pasado como jugador de rugby regional.

   La impotencia de aquel hombre en el servicio militar que, aun consiguiendo rendir igual que el resto de sus compañeros, tuvo que aguantar las carcajadas de los oficiales, respecto a que debería haberse quedado en casa tejiendo bufandas junto a su madre.

   Diez minutos que pasaban rápidos, en un torbellino de imágenes y sonidos que dejaban la amarga sensación de haber vivido diez vidas llenas de angustia. Por lo general, la gente se levantaba mareada del sillón y, con lágrimas en los ojos, procedían a salir del contenedor, tambaleándose.

   Cuando ya una numerosa cantidad de personas habían pasado por el interior del contenedor, la mujer y el hombre a la entrada y salida, respectivamente, anunciaron por el megáfono la retirada de los negros cortinajes del contenedor.

   Los cortinajes dieron paso a diversas imágenes rotuladas, tanto de la mujer como del hombre, antes de ser operados de cambio de sexo. Se intercalaban imágenes diversas de dedos acusadores; de ambos con un ojo morado en una ocasión en que fueron agredidos; pero también se intercalaban fotos de manos tendidas en señal de apoyo y de sus propias caras, sonrientes y felices, todas conformando un collage bastante representativo.

   En el centro de cada lateral del contenedor, resaltando por encima de todo y en letras bien grandes y de diversos colores, una frase rotulada clamaba: Una máquina de realidad virtual llamada EMPATÍA.

   Los aplausos del público que aguardaba en la acera de en frente junto al de otras tantas personas, que ni siquiera llegaron a entrar al contenedor, fueron la melodía que acompañó a aquellas dos miradas acuosas adornando, con sonrisas de regocijo, la complicidad de su ya antiguo vínculo.


  Todas las imágenes empleadas en mis artículos provienen de Pixabay y están hipervinculadas a dicha página.

The Message

   Far echo of hooves resonate
that on a barren land they hit,
denote with their serene cadence,
a duty without need of alacrity.

   Rhythmic sound approaches;
a swift expectation is looming
about those people who are crowded,
for glimpsing in the dense fog.

   Pristine a white palfrey already looms
and on his back the man who rides,
that dressed in their humble clothes,
the richness in his spirit denotes.

   In front of people neigh the equine
that before the crowd falls,
what originates, of astonishment, a sound
before that docile animal lying.

   Naked feet perch on the sand
that lead the rider to the audience,
and with his open arms he sketches
smiles laden with rejoicing.

   Thousands of hugs entering the scene;
no place for indifference.
Thick human network conforms
surrounding the man with crucifix.

   Green shoots that emerge from the land,
dark haze that fades;
peace and security overflows them
from his faithful and believing shelter.


  The original rhyme of this poem has been lost with the translation into English.
  All images used in my articles come from Pixabay and are hyperlinked to that page.

El Mensaje

   Eco lejano de cascos resuenan
que sobre un yermo terreno golpean,
denotan con su cadencia serena,
un deber sin menester de presteza.

   Rítmico su sonido se aproxima;
una expectación rauda se avecina
sobre aquellas personas que se hacinan,
por vislumbrar en la densa neblina.

   Prístino un blanco palafrén ya asoma
y sobre su lomo el hombre que monta,
que ataviado con sus humildes ropas
la riqueza en su espíritu denota.

   Frente a la gente relincha el equino
que ante la multitud cae rendido,
lo que origina, de asombro, un sonido
ante aquel dócil animal tendido.

   Desnudos pies se posan en la arena
que llevan al jinete ante la audiencia,
y con sus abiertos brazos esboza
sonrisas cargadas de regocijo.

   Miles los abrazos que entran a escena;
ningún lugar para la displicencia.
Tupida red humana se conforma
rodeando al hombre con crucifijo.

   Verdes brotes que surgen de la tierra,
neblina oscura que se difumina;
la paz y seguridad los desborda
desde su fiel y creyente cobijo.


  Todas las imágenes empleadas en mis artículos provienen de Pixabay y están hipervinculadas a dicha página.

Remembering a monster

   The mists wandered through the city knowing that they were masters of the night while giving a thin veil of moisture to all what they caressed. The bluish flame of that streetlamp flickered to the sound and with the same grace with which the mists swirled. The closed night invited the honest inhabitants of that emblematic city to take shelter under the roof, on the verge of a good fire, as much or more comforted by the safety of the rudimentary bolt recently installed in the door, as by the home heat.

   The religious silence was barely interrupted by a distant echoing of horse’s hooves dragging a car for, in a matter of fleeting seconds, return the protagonism to the silence again. Rodents sneaked through the nooks and crannies of the walls after quickly crossing the exposed cobblestone floor.

   And there where the dim light of the streetlamp could not illuminate the darkness that this alley housed, it was a monument to cruelty and sadism, with human form and wrapped in a black cloak, which gave as the only symptom of life a repetitive blink. His prey, who would have the honor of playing a leading role in his ode to violence, would soon appear.

   The excitement accelerated the heart of that creature when a few steps began to approach that location to finally stop just a few meters from his fateful destination. The woman, dressed in a dirty dress, lit a thin cigarette that, together with the adoption of a relaxed pose against the wall, would help her to exercise the wait of some man in search of her comforting and wet heat at the price of pennies.

   The shadow soon approached silently and hit, by surprise, a blow to the belly of the victim that made it difficult to scream because of the lack of air and made it easier for him to position his hands around her neck without screams of terrifying surprise at first instance.

   He threw her to the ground and, strangulating her with the proper strength not to sink her windpipe, he was compensated by seeing that glint of pure panic in the victim’s eyes. He slightly lowered the pressure of his hands on her neck as the best was yet to come and he wanted her fully conscious.

   As he pulled out the instruments from her cloak, the woman tried to emit a scream that resulted in a grimace drowned by another accurate kick to the abdomen. Contemplating his black eyes reflected in the sheet of cold metal was part of his ritual. On his knees and with one hand pressing her windpipe again, he raised the metal with a smile and plunged it into the side of the victim’s abdomen and began, with a biased movement, to leave the viscera visible.

   He felt the warm blood flowing and soaking his wrists and only a scream of pain and agonizing suffering ever experienced, got away from the joy that flooded him.

   Angrily for the distraction, and with a cut that reached the victim’s cervical as evidence of it, also sliced the neck of the woman, who began to emit rattles that seemed music to him.

   With urgency, before the victim lost all knowledge, he reached inside and began to remove the gelatinous intestines, spreading them along her legs.

   The music finally stopped and, licking one of his fingers, he stood up proudly, while proceeding to keep, with meticulous gestures, the instruments in his coat.

   After dedicating one last look of longing for his work, he moved away, disappearing into the mists.


  All images used in my articles come from Pixabay and are hyperlinked to that page.

Rememorando a un monstruo

   Las brumas vagaban por la ciudad sabiéndose dueñas de la noche y otorgando un fino velo de humedad a aquello a lo que acariciaban. La azulada llama de aquella farola parpadeaba al son y con la misma gracilidad con que las brumas se arremolinaban. La cerrada noche invitaba a los honrados habitantes de aquella emblemática ciudad a guarecerse bajo techo, a la vera de una buena lumbre, tanto o más reconfortados por la seguridad del rudimentario cerrojo recientemente instalado en la puerta, como por el calor del hogar.

   El religioso silencio fue apenas interrumpido por un lejano resonar de cascos de caballo arrastrando un carro para, en cuestión de fugaces segundos, devolverle de nuevo el protagonismo. Los roedores se escabullían entre los recovecos de las paredes tras surcar velozmente el expuesto suelo empedrado.

   Y ahí dónde la tenue luz de la farola no alcanzaba a iluminar la oscuridad que aquel callejón albergaba, se erigía un monumento a la crueldad y al sadismo, con forma humana y envuelto en una negra capa, que daba como único síntoma de vida un repetitivo pestañeo. Su presa, que tendría el honor de ejercer un papel protagonista en su oda a la violencia, no tardaría en aparecer.

   La excitación aceleró el corazón de aquella criatura cuando unos pasos comenzaban a acercarse hacia aquella ubicación para finalmente pararse a tan sólo unos metros de su fatídico destino. La mujer, ataviada con un sucio vestido, encendió un fino cigarrillo que, junto a la adopción de una pose relajada contra el muro, le ayudarían a ejercer la espera de algún hombre en busca de su reconfortante y húmedo calor a pecio de peniques.

   La sombra no tardó en acercarse silenciosa y propinar, por sorpresa, un golpe en el vientre de la víctima que le dificultara gritar por la falta de aire y que le facilitara a él posicionar sus manos alrededor de su cuello sin gritos de terrorífica sorpresa en primera instancia.

   La tiró al suelo y, estrangulándola con la fuerza adecuada para no hundirle la tráquea, se resarcía al ver aquel brillo de puro pánico en los ojos de la víctima. Cejó levemente en la presión de sus manos sobre su cuello ya que lo mejor estaba aún por llegar y la quería plenamente consciente.

   Mientras sacaba el instrumental de su capa la mujer intentó emitir un grito que resultó en una mueca ahogada por otro certero puntapié al abdomen. Contemplar sus negros ojos reflejados en la hoja del frío metal era parte de su ritual. De rodillas y con una mano volviendo a presionar su tráquea, alzó el metal acompañado de una sonrisa y hundiéndolo en un lateral del abdomen de la víctima, comenzó con un movimiento sesgado a dejar las vísceras al aire.

   Notaba la cálida sangre manando y empapando sus muñecas y sólo un grito de dolor y de sufrimiento agónico jamás experimentado, consiguieron apartarlo de aquel gozo que lo inundaba.

   Con enojo por la distracción, y con un tajo que llegó hasta las cervicales de la víctima como prueba de ello, rebanó también el cuello de la mujer, que comenzó a emitir estertores que a él le parecían música.

   Con premura, antes de que la víctima perdiera del todo el conocimiento, metió la mano en su interior y comenzó a sacar los gelatinosos intestinos, esparciéndolos a lo largo de sus piernas.

   La música cesó y, relamiendo uno de sus dedos, se incorporó orgulloso, mientras procedía a guardar, con meticulosos gestos, el instrumental en su capa.

   Tras dedicar una última mirada de anhelo a su obra se alejó, desapareciendo en las brumas.


  Todas las imágenes empleadas en mis artículos provienen de Pixabay y están hipervinculadas a dicha página.

Rajeynaya (Lucky)

   From the deck, he thought he could perceive the screams that his family uttered when those men came armed with machetes to their home with the intention of recruiting him to a paramilitary children group. The refusal of his parents was outright and fatal. He ran and ran looking continuously backwards while profuse streams of tears splashed the arid land.

   Leaving Somalia in a dilapidated van carrying myrrh resin, among which he could hide himself like a stowaway, he wandered for months on foot in that unknown land.

   He survived on the remains of garbage and insects, but his thin body was barely lifting the dust of the road with his twisting feet.

   He was tempted to feel joy when a group of slave owners kidnapped him; at least they should feed him to be able to sell their merchandise alive.

   After months of captivity and scars on the wrists by the ties, he managed to escape in an oversight and cross the border of Libya, where after a few months, stole enough coins to pay a ticket in a battered boat with fifty more people.

   The boat capsized halfway and forty of those people drowned.

   When his strength began to leave him and the cold began to numb his thin limbs, he saw a large spot of light in the distance that seemed to approach.

   Shivering soaked in seawater, he clung tightly to that photograph of his family, while the first white woman he saw in his life, wrapped him in a warm blanket and a smile.

   Two years, six thousand three hundred kilometers and a promise later, he allowed himself to cry again.


  All images used in my articles come from Pixabay and are hyperlinked to that page.