Ajishar, el condenado

  Sobre el amplio escenario,
puestas sus mejores galas,
pensaba que llenar salas
era su peor calvario;
todo un sexagenario
dispuesto a dar más de sí,
por no estimar baladí,
de sus dedos todo el arte,
con que poder obsequiarte
y amparar cual sefardí.

  Finas teclas nacaradas
sus apéndices surcaban;
dulces, las notas rozaban
a las faces congregadas,
cual plumas delicadas,
erizándoles el vello,
con el sonido más bello
que jamás hubiera oído
cualquier ario allí reunido,
con esvástica por sello.

  Sus aplausos efusivos,
lejos de lisonjear
al anciano Ajishar,
le aludían, incisivos,
al resto de cautivos;
proyectaba al ser coreado,
cómo fue capturado
aquella aciaga noche
repleta de ira, reproche
y vidrio fracturado.

  Una lágrima emergía
desde su ya seco pozo
de cualquier alborozo;
sonreír jamás volvería
tras aquel funesto día
en el que comprendió
que, aunque sobrevivió,
no fue un tipo de suerte
sino lenta, la muerte,
que en vida se le otorgó.


  Todas las imágenes empleadas en mis artículos provienen de Pixabay.

Destello en la oscuridad


  Fugaz destello dejo en el camino,
bajo el poder de esa dulce mirada,
que desde el cielo noto esperanzada,
guiándome rauda hacia mi destino.

  Mas con tenue brillo mortecino,
mi montura queda estacionada,
dejando la incertidumbre sembrada,
cuando en la oscuridad me difumino.

  En etéreo disfraz de partículas,
próxima a copos de nieve desciendo,
con fin de colonizar sus aurículas.

  Niña, tu deseo me hallo cumpliendo:
con la esperanza propia de películas,
atiborrar a ese hombre falleciendo.


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El buen gusto de un Resano urbanita


  Una gran polvareda se apoderó del establecimiento cuando el anticuario sopló la superficie del objeto.

  ―Quédese el cambio -adujo contento con el objeto bajo el brazo mientras las campanillas de la puerta tintineaban con su marcha.

***

  Sobre el sillón orejero de cuero granate fumaba triunfal de su pipa de espuma de mar, contemplando el bello Cunchillos en óleo sobre lienzo.

  ―Por fin te tengo….


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Soy tú por unos instantes…


  Del silencio brota, delicada y musicalmente, el eco de un comedido júbilo; sin afán de robarle protagonismo, envuelve de dicha la estancia en la que te encuentras sentado/a leyendo; dudas de si ese regocijo pertenece a hombre, a mujer o a ambos a la vez, entrelazándose, pero oyes el sonido de esa felicidad asexual, unas veces cerca…, otras lejos.
Un velo sedoso ondulante, sin color determinado, ocupa la escena, insinuando una amplia sonrisa tras él; es la sonrisa más bella y sincera que hayas visto tan de cerca…, tan a fondo; te deleitas en su perenne esplendor, sin prisa, sintiéndote reconfortado/a.
El vello se eriza, sutilmente, cuando sientes la caricia sobre tu piel; no concediste permiso alguno, mas cierras los ojos, delicadamente, abandonándote a ese suave tacto que tan bien parece conocer tu ser.
Palabras posadas sobre tu oído, pretendiendo ahondar en tu interior y, por meta, alcanzar tu corazón: «Quiérete; eres lo más valioso que puedo poseer», susurra la familiar voz.

  Sacudiendo lo que crees ensoñación, te levantas y respiras profundamente. Vislumbras algo en el espejo; al acercarte atisbas tu reflejo mirándote, fijamente, mientras esboza un dulce gesto. Extiendes tu brazo hacia él…, observándote…, observándole.

  Y…, por unos instantes….


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A ti

  A ti, que con tu imperceptible susurro revolucionas a la más calmada de las alhábegas, inundando el paisaje con el color de tus primaveras.
A ti, que con tu suave brisa acaricias los rostros de aquellos que agradecen tu compañía, alargando su vida o acortando su agonía.
A ti, que con tu fino pincel modelas la orografía con la que compartes, tu evidente buen gusto por el arte.
A ti, que con tu húmeda herramienta liberas tu tristeza, limpiando las necesarias obras cruentas y cubriendo, con grises días, aquellas tierras baldías.
A ti, que con tu expansiva creatividad sin ataduras, colmas de variopintas oportunidades a la más ínfima de las criaturas.
A ti, que con el generoso arrendamiento a tus diversas creaciones, sólo pides respeto en forma de pago, para cualquiera de tus tres opciones.
A ti, que con tu justa balanza soportas en equilibrio, los excesos intrínsecos de un libre albedrío.
A ti, que con tu omnipresente sabiduría defines las condiciones para contrarrestar déficits con continuas evoluciones.
A ti, que con tu eterna carrera al tiempo trasciendes más allá de los límites donde tu amor se hace visible.
A ti, que con tu distribución de energía y su transformación, procedes a su constante renovación.
A ti, escribo con tinta y sangre esta carta en mi piel, para que el día que en forma de polvo en tu seno me acojas, mi agradecimiento sientas en la más pequeña partícula de mi ser.


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Carta a una mujer

  Intérprete de la belleza, que a través del sonido de su cálida voz, ya comprendas o no el idioma, entiendes al oírla hablar, que no todo es comprender si no apreciar.
Incansable viajera, del sentido común mensajera, navegas por encrespados mares, estéril arena o verdes praderas, predicando por una más justa tierra.
Dulce olor de su piel, cual abanderada del placer, seduce a los olfatos más selectos, haciendo que desees recorrer, mil y una aventuras dentro y fuera de su ser.
Apadrinada por la cultura, te hace entender a través del preciado bien del saber, que antes de haber hallado sepultura, valorarás más la esencia de tu mujer.
Con sus delicados gestos, enmascarada la fuerza clama, que tras la enorme belleza de su cara, capaz es de desatar los temporales más funestos.

  Pequeñas pinceladas de una bella obra de arte, que un día apreciaron los ojos de este caminante errante, al tener el placer de verte y con su mirada a cada instante acariciarte.


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Contrastes

  La plácida oscuridad que hasta entonces le había estado reconfortando con la ausencia de existencialismos fue interrumpida por una dolorosa punzada de luz que lo inundó todo, cegándolo al principio, y humedeciendo sus ahora llorosos ojos a modo de carta de presentación y bienvenida.
No tardó en sentirse envuelto, por una sensación que alejaba su subconsciente del planteamiento de infinitas cuestiones, al ver borrosamente a aquella figura femenina, sentir su suave tacto y oír cercano el tono cálido de aquella familiar voz que antaño fue lejano eco.
Mas no duró mucho aquella sensación, porque en contraste con el brillo áureo de aquel ser de luz, percibía no muy lejos la presencia oscura de otro ser; oscura no como la plácida oscuridad del origen, sino como la conjunción de una serie de matices que ennegrecían su alma.

***

  El joven Pablo correteaba a solas por el patio del colegio mientras imaginaba lujos con una sonrisa en la cara, como queriendo dejar atrás y forzadamente, los problemas que le arrebataban su ingenuidad por derecho.
Su integración con el resto de los niños no iba como a él le gustaría. Anhelaba tener amigos pero, al mismo tiempo, se planteaba si de verdad anhelaba tener amigos que le juzgasen o tratasen distinto por el mero hecho de no llevar ropa y zapatillas caras, no tener consola en casa o almorzar siempre un sándwich de mortadela siciliana.
Tampoco ayudaba a mejorar sus relaciones amistosas que no supiera qué contestar cuando preguntaban abiertamente en clase a cada niño, cuáles eran las profesiones de sus padres. La gran mayoría vociferaba a pecho henchido sus bien reconocidas o socialmente aceptadas profesiones paternales. Siempre que en algún curso o clase preguntaban a este respecto, él pensaba en su madre. Una mujer por la que sentía plena admiración más allá de porque cubriera con sus necesidades básicas. Y es que aun trabajando diez duras horas nocturnas en una fábrica y con un escaso sueldo, siempre llegaba a recogerlo a la puerta del colegio con una sonrisa.
Era un niño inteligente, resaltando sobre todo en Matemáticas y dando argumentos a ciertos problemas expuestos en clase, que dejaban a la profesora esbozando una ligera sonrisa, y al resto de la clase, a algunos con una sensación de incertidumbre y a otros de rechazo.
De hecho, hubiera sido un avezado estudiante y quizá hubiera llegado lejos, académicamente hablando, si sus circunstancias personales se lo hubieran permitido.

***

  El sonido de la cotidianidad vecinal, incluyendo ya el fragor de alguna que otra disputa, se filtraba a través de las desconchadas paredes de su habitación. Pablo observaba una de las humedades en el techo mientras dejaba su mente en blanco para volver a intentar concentrarse en los deberes de la escuela.
Su madre andaba ajetreada por la casa, dejando constancia de ello con el sonido de vivos y firmes pasos sobre un suelo de terrazo ya deteriorado por los años. La oía ir y venir con premura, intentando dejar todo lo más arreglado posible para su hijo y el desaparecido de su marido, antes de marcharse a trabajar.
Y es que para Pablo, el hombre que a veces veía borracho por casa y que desaparecía después durante días sin que nadie supiera su paradero, no era su padre. No sabía qué profesión tenía, aparte de la de poner triste a su querida madre pidiéndole, a voces y utilizando adjetivos despectivos, dinero para alcohol y tragaperras. Y si su madre se ponía triste, Pablo también.
La puerta de su habitación se abrió con el ligero ruido de haberla desempotrado debido a la holgura en las viejas bisagras. Su madre apareció sonriente ante él, como siempre, ofreciéndole un vaso de leche y galletas por merienda. Pablo aceptó de buen grado, no sin preguntarse por qué su madre parecía llevar hoy más maquillaje que de costumbre en su bonita cara. Se fijó mejor mientras su madre depositaba cerca el vaso y el plato que contenían la merienda y atisbó un ligero oscurecimiento en la parte del pómulo derecho que no recordaba haber visto ahí hace unos días.
Su madre aprovechó la pequeña incursión en su habitación para volver a reordenar lo que Pablo ya había ordenado horas antes para precisamente ahorrarle ese trabajo. Ella le volvió a sonreír y con una caricia en el pelo y un beso en la frente, salió de su habitación.
Siempre que su madre andaba cerca le transmitía esa extraña sensación de confort, que parecía nacer a mitad de vientre para luego expandirse, inundando con paz torrencial el resto de su cuerpo. Se dejó llevar por la sensación y cerró los ojos con la imagen de su madre aún presente en el interior de su cabeza.
Aquella mujer, con su frágil apariencia de estilizada figura y grácil andadura, le demostraba cada día ser el ejemplo de persona en el cual reflejarse. Ni penuria, ni tormenta, ni mal que cerca de ellos pudiera acechar, podía penetrar en la férrea coraza de su determinación. Pablo estaba seguro de que era su amor hacia él la herramienta con la que escalar la montaña más alta. No importaba qué ocurriese porque ella siempre se las apañaba para sacarlos adelante. Él lo sabía y la quería aún más por ello.

  El sonido de la puerta principal cerrándose con vehemencia cual estallido, sacó a Pablo de sus bonitos pensamientos. Puso todos sus sentidos en intentar despejar la duda que comenzaba a inquietarle, sin parpadear, sin respirar ni tragar saliva, y fue entonces que escuchó el furor de la refriega en el salón. La inquietud dio lugar al miedo al oír lloriquear a su amada madre y todos sus músculos se tensaron en un estado de alerta máxima. El miedo dejó paso al valor cuando el pensamiento de que su madre pudiera estar sufriendo algún daño hizo que su rabia borbotease, impulsando con potencia hidráulica su cuerpo hacia el salón.
Desafortunadamente era poco lo que un niño pudiera hacer ante un hombre que le triplicaba su estatura, y aún menos si este portaba una pistola. No tuvo tiempo para pensar, pues la visión de su madre llorando en el suelo justo en la trayectoria del cañón, le hizo saltar como un resorte para intentar interferir en dicha trayectoria y evitar el mal, en un último intento por recuperar su ingenuidad.
Los estallidos retumbaron en el vecindario y fueron eco del último abrazo entre lágrimas de Pablo y su madre, sabiendo que, mientras estuvieran juntos, todo iría bien.

***

  Decenas de velas en la puerta del colegio, iluminaban durante días el luto de las personas que se acercaban a depositar flores en el improvisado altar. De fondo, dos radiantes sonrisas capturadas en papel fotográfico. Juntas. Eternas.

***

  La densa luz parecía mantener a flote su ser sin delimitaciones corpóreas mientras lo envolvía con una suave caricia que recordaba a placenteros baños de sol veraniegos. Avanzaba sin prisa y sin esfuerzo hacia el lugar de donde provenía aquel delicado calor que incitaba a abandonarse en su abrazo.
Cuanto más cerca se encontraba de aquel foco mayor era la sensación de sosiego, de calma, de paz, de despreocupación, de confort y de felicidad.
Se sentía ineludible e inexplicablemente atraído por aquella tupida y brillante luz que parecía llamarlo con un casi imperceptible canto de sirena.
Tras unos instantes que pudieron ser o no una eternidad, se fundieron en un brillo amplificado donde no hubiera habido cabida para el más leve matiz de oscuridad.


  Todas las imágenes empleadas en mis artículos provienen de Pixabay.