A Beatriz


  La oscuridad andaba cerniéndose sobre él, igual que el mar se cierne sobre los atolones, intentando penetrar en su interior y engullirlo de manera paulatina e inexorable.
Ningún agente externo en forma de apoyo o cariño, entorpecía con impermeable y suave envoltura, la ineludible y oscura inmersión, en aquella transpirable dimensión de amargura, odio e incomprensión.
En su interior, los erosionados muros del amor propio y la confianza, que antaño protegiesen, cual paladines en mil batallas, el divino tesoro de una ingenua felicidad por derecho, comenzaban a no poder contener el mezquino acecho.
Subyugado e inundado, ni siquiera las últimas lágrimas de los ya por entonces resecos pozos de su anhelo, conseguían repeler con su pureza la tan oscura vileza.
Y cuando el último hálito de esperanza iba a ser espirado y por la azabachada y arremolinada corriente arrastrado, una brillante y tupida luz irradió, con la fuerza de un gran astro.
Tras la ceguera inicial y difuminando las sombras sin piedad, una femenina silueta se hallaba mirándole de igual a igual, con una vergonzosa y radiante sonrisa en su faz.
La belleza de esa criatura, de delicados y finos rasgos, eran liderados por aquella tez de nívea blancura.
Mas sólo pudo contemplarla durante unos breves instantes, que bastaron para que sus ojos miraran siempre hacia su nítido recuerdo en su interior y sus pies anduviesen buscando por siempre su ubicación.
El recuerdo de aquella floral hermosura, de aparente frágil envoltura, resultó ser a lo largo del tiempo, el más férreo dique contra cualquier oscura embestidura.
El amor hacia aquella perfecta creación, fue sin duda su mejor bastón, y anhelando día a día su cálida luz de mediodía, se vio superando cualquier obstáculo con su reminiscencia como guía.
Ella no necesitó luchar; no consideró aliviar; no tuvo siquiera que habla…; no hubo de maldecir, no procuró disuadir; no tuvo que comedir….
Le bastó para ayudar simplemente con existir.


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Pintoresco


  El niño ansiaba aquellas galletas y cuando su madre truncó sus caprichosos planes, desató su bíblica pataleta en el supermercado.
El hombre con gayata, presenciándolo, propinó tremendo placaje a la malvada mujer que prohibía comer al pequeño.

  La sonrisa del infante pinceló un Guernica de faldas, gayatas y galletas.


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Acción de Gracias

  Las pequeñas manos de Cindy ayudaban a su madre a amasar la pasta de galletas de jengibre con las que merendarían esa tarde. Su madre hoy tendría mucho trabajo preparando el famoso pavo relleno y el rico ponche de huevo para la cena de Acción de Gracias, así que Cindy decidió aligerar la carga de su madre participando en los preparativos.
Cindy adoraba las fiestas navideñas, tanto por la llamativa ornamentación de las calles de la ciudad, como por el espíritu que se compartía dentro y fuera de su hogar. A través de la ventana de la cocina, mientras charlaba desenfadadamente con su madre sobre qué forma darle a las galletas, veía las casas de los vecinos, que tenían ya en su mayoría las fachadas adornadas con multitud de luces y adornos. Excepto una de las casas que se situaba dos parcelas a la izquierda de la suya, en la acera de enfrente. Se preguntó quién viviría en esa triste casa.

***

  Unos ojos observaban el exterior de la calle a través de las rendijas de las persianas bajadas. Afuera, los niños correteaban y lanzaban bolas de nieve entre carcajadas, ataviados con voluminosos abrigos y coloridas orejeras.
Una llamada al teléfono fijo le hizo sobresaltarse, mientras apartaba con desgana la vista de la calle y se dirigía en la penumbra a responder al teléfono.

***

  Su madre le había dado un pequeño descanso así que Cindy aprovechó para salir a jugar un rato al nevado jardín e ir haciendo el mejor muñeco de nieve de la calle. Un fuerte sonido le sacó del entusiasmo con el que acababa de asentar la base del muñeco de nieve y al girar la cabeza hacia donde provenía el sonido vio como un viejo Ford Crown Victoria color beige, salía chirriando ruedas del garaje de la casa sin decorar, golpeando un cubo de basura metálico mientras giraba bruscamente para coger la recta de la calle, desapareciendo posteriormente en la lejanía.

***

  Se dirigía a paso vivo hacia un pequeño complejo interior de edificios, tras haber pasado el cerco militar y aparcado el coche en el exterior del vallado. Acercó una tarjeta identificativa al lector de tarjetas de una de las puertas del tosco edificio, y las puertas se abrieron. Se dirigió al ascensor, e introduciendo una llave y girándola, puso rumbo al subsuelo.
  ─Tienes que ver esto Matt -le dijo su segundo al mando conforme se abrieron las puertas del ascensor y ponía un pie en la sala.
Un videowall compuesto por diez pantallas en la pared del fondo de la sala y diez mesas con ordenadores y el resto del equipo de personas tecleando y comprobando datos, se distribuían a ambos lados de la sala, conformando el interior del búnker.

***

  En el cálido hogar de Cindy, el crepitar de los troncos en la chimenea acompañaba el coro de palmas de la familia durante la retahíla de villancicos que intentaban cantar por turnos con restos en la boca de galletas de jengibre recién hechas.

***

  Matt se puso las gafas mientras se acercaba al ordenador que había captado la alerta. Su operador se apartó para dejar que el coordinador de la defensa aeroespacial americana revisara los datos. Tras unos minutos comprobando los datos del ordenador del satélite número tres, volvió a mirar a su segundo al mando con preocupación y de nuevo volvió la vista hacia los datos.
  ─Verificad la información con el resto de satélites y poned la información centralizada en el videowall -conminó mientras se dirigía apresuradamente hacia el teléfono de sobremesa de baquelita negra.

***

  El enorme y dorado pavo relleno se acercaba en una bonita bandeja a manos de su madre hacia el hueco del centro de la rectangular mesa. Distribuidas sobre la mesa aguardaban al pavo grandes fuentes de mazorcas de maíz asadas, de puré de patatas y de guisantes y zanahorias baby.

***

  Al momento de descolgar el auricular y empezar a marcar el número del presidente en el dial, miró hacia el techo para ver cómo en aquel preciso momento se encendían los rotativos de color rojo y las alarmas empezaban a sonar. Colgó fuertemente el teléfono y se dirigió hacia el videowall para ver con más claridad si sus ojos no le estaban engañando.
Cinco señales equivalentes a cinco misiles nucleares intercontinentales rusos se dirigían hacia Estados Unidos y un claro mensaje parpadeaba en las pantallas: «Ataque de misil nuclear inminente». Desde sus puestos, su oficial y suboficiales le miraban compartiendo sus mismas convicciones: no podía ser un error.

***

  Sentados ya todos los miembros de la familia en la mesa, miraban los suculentos alimentos y a la artífice de tan abundante cena, alternativamente, con una sonrisa de agradecimiento en la cara. Con un ligero gesto de asentimiento y algo de rubor en su cara, la madre dio su beneplácito y, acto seguido, los miembros de la familia entrelazaron sus manos, cerraron sus ojos y comenzaron a rezar: «Bendícenos, Señor, y bendice estos alimentos que por tu bondad vamos a tomar…».

***

  Una visible gota de sudor surcaba su frente, sin prisa, pareciendo consciente de lo trascendental del momento y dedicándose sus minutos de gloria, mientras el coordinador contemplaba atónito como las señales se acercaban cada vez más a su continente.
  ─Señor, tenemos que avisar al presidente de inmediato -le sugería su oficial mientras le acercaba con gesto desencajado un maletín abierto, con una pantalla de códigos y un gran botón rojo cubierto por una tapa protectora.
Pero Matt, sumido en sus pensamientos, analizaba las posibilidades de que el sistema pudiera fallar cinco veces seguidas y de que ese error fuera a su vez confirmado por veinte niveles de seguridad distintos. Era inconcebible, sin embargo, también era inconcebible que la URSS, sin sistemas de defensa antimisiles, se lanzara a perpetrar un ataque suicida sin previo aviso. En diez minutos, según las previsiones, el impacto se produciría dando lugar a una explosión doscientas cincuenta veces mayor que la de Hiroshima.

***

  «…Amén». Y el padre se ofreció educadamente a trinchar el pavo, sirviendo el plato de su mujer en primer lugar y posteriormente el de sus hijos. Degustaban el tierno y sabroso pavo mientras elogiaban la buena técnica empleada por la jefa de cocina en su elaboración. Tras saciar su apetito, procedieron a recoger entre todos los platos de la mesa, y a guardar las sobras en tápers, para el reparto de estos excedentes entre los indigentes durante los días siguientes.

***

  ─Avisar de esta situación a la Casa Blanca supondría la Tercera Guerra Mundial, John. No es posible que hayan lanzado esta ofensiva. Semejante imbécil aún no ha nacido, ni siquiera en la URSS -puntualizó Matt.
Acto seguido y a falta de cinco minutos para el impacto, los rotativos rojos se apagaron y las sirenas dejaron de emitir los alarmantes sonidos. En las pantallas del videowall las cinco señales habían desaparecido.
   ─Comprobad todos los satélites de nuevo y rastread esas señales -ordenó el coronel.
Pero las señales habían desaparecido; todo había sido fruto de un fallo en el sistema debido a una serie de alteraciones electromagnéticas producidas por una tormenta eléctrica.
Su oficial y suboficiales corrieron a abrazarle, saltándose cualquier protocolo, y entre risas y lágrimas de alegría elogiaban la sangre fría y el acierto de aquel coronel ante aquella difícil situación. Matt se desplomó sobre una silla con todo el cuerpo tembloroso y una sensación de enorme regocijo.

***

  Cindy procedió a inaugurar el turno de regalos con un bonito ramo de flores silvestres de color púrpura y naranja que entregó a su madre. Sentados de nuevo junto a la chimenea, intercambiaban las cajas de bombones de chocolate, típicos dulces navideños de colores blanco y rojo, y algún que otro pequeño juguete, envueltos en paquetes de un granate brillante.

***

  Al enterarse de lo ocurrido, los superiores de Matt, le dijeron que sería condecorado por haber evitado la catástrofe con su buen juicio. Pero la realidad fue muy distinta. EEUU no podía permitirse que el propio pueblo americano, ni mucho menos la URSS, se enterara de lo ocurrido, así que se ocultaron los acontecimientos y Matt fue relegado a un puesto de menor jerarquía para posteriormente ser jubilado anticipadamente con una pensión vitalicia que cubría a duras penas sus necesidades básicas.
Sin embargo, treinta años después de lo ocurrido, un suboficial presente aquel día en aquel búnker, hizo públicos los datos en la prensa y el pueblo americano enseguida puso cara a aquel héroe en la sombra.

***

  La nieve volvía a cubrir los jardines de aquella larga calle residencial. De nuevo era aquel día especial de Acción de Gracias y una ya adulta Cindy, se dirigía a pie desde su casa a dos manzanas, hacia la casa de sus ancianos padres, donde había pasado su infancia.
Llamó al timbre, y sus padres, tras abrir la puerta y propinarle unos cuantos besos, procedieron a darle unos cuantos regalos envueltos en un brillante papel de color rojo. Cindy volvió la vista hacia aquella casa que seguía sin decorar, pero esta vez en lugar de asaltarle las dudas, una sonrisa se dibujó en su bonita tez y se dirigió, con ella engalanada y cargada de regalos, hacia la puerta de aquella sobria casa.

***

  Un achaque de tos le hizo apartar la mirada de entre las rendijas de las persianas bajadas, y haciendo uso de un bastón, se acercó renqueante hacia el cajón de las medicinas. Volvió justo a tiempo de observar de nuevo a través de las rendijas de las persianas como un grupo numeroso de gente se acercaba cargado de regalos a su puerta. Cindy encabezaba la comitiva vecinal.
Llamaron al timbre en repetidas ocasiones pero Matt no abrió la puerta.
  ─Sabemos que está ahí señor -clamó Cindy desde el otro lado.
  ─Queremos agradecerle lo que hizo por nuestro país en un día como hoy hace tantos años. Es usted un héroe, señor.
Una lágrima corría por el rostro de aquel viejo coronel al otro lado de la puerta.

  Todos los años, por Acción de Gracias, muchas personas se acercaban a la casa de Matt a depositar junto a su puerta sus signos de agradecimiento, por la humildad y buen juicio de aquel hombre que tantas vidas salvó.
Incluso después de muerto, una corona de flores lucía todos los años frente a su puerta, adornando la sobria casa, durante aquellos festejos navideños.


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Rememorando a un monstruo


  Las brumas vagaban por la ciudad sabiéndose dueñas de la noche y otorgando un fino velo de humedad a aquello a lo que acariciaban. La azulada llama de aquella farola parpadeaba al son y con la misma gracilidad con que las brumas se arremolinaban. Pero la cerrada noche invitaba a los honrados habitantes de aquella emblemática ciudad a guarecerse bajo techo, a la vera de una buena lumbre, tanto o más reconfortados por la seguridad del rudimentario cerrojo recientemente instalado en la puerta, como por el calor del hogar.
El religioso silencio fue apenas interrumpido por un lejano resonar de cascos de caballo arrastrando un carro que en cuestión de segundos le devolvió de nuevo el protagonismo. Los roedores se escabullían entre recovecos de las paredes tras surcar fugazmente el expuesto suelo empedrado.
Y ahí dónde la tenue luz de la farola no alcanzaba a iluminar la oscuridad de aquel callejón, se erigía un monumento a la crueldad y al sadismo, con forma humana y envuelto en una negra capa que daba como único síntoma de vida un repetitivo pestañeo. Su presa, que tendría el honor de ejercer un papel protagonista en su oda a la violencia, no tardaría en aparecer.
La excitación aceleró el corazón de aquella criatura cuando unos pasos comenzaban a acercarse hacia aquella ubicación para finalmente pararse a tan sólo unos metros de su fatídico destino. La mujer, ataviada con un sucio vestido encendió un fino cigarrillo que, junto a adoptar una pose relajada contra el muro, le ayudarían a la espera de algún hombre en busca de su reconfortante y húmedo calor a pecio de peniques.
La sombra no tardó en acercarse silenciosa y propinar por sorpresa un golpe en su vientre que le dificultara a la víctima gritar por la falta de aire y que le facilitara a él posicionar sus manos alrededor de su cuello sin gritos de terrorífica sorpresa en primera instancia.
La tiró al suelo y estrangulándola con la fuerza adecuada para no hundirle la tráquea se resarcía al ver aquel brillo de puro pánico en los ojos de la víctima. Cejó levemente en la presión de sus manos sobre su cuello ya que lo mejor estaba por llegar y la quería consciente.
Mientras sacaba el instrumental de su capa la mujer intentó emitir un grito que resultó en un mueca ahogada por otro certero puntapié al abdomen. Contemplar sus negros ojos reflejados en la hoja del frío metal era parte de su ritual. De rodillas y con una mano volviendo a presionar su tráquea, alzó el metal acompañado de una sonrisa y hundiéndolo en un lateral del abdomen de la víctima, comenzó con un movimiento sesgado a dejar las vísceras al aire.
Notaba la cálida sangre manando y empapando sus muñecas y sólo un grito de dolor jamás experimentado y de sufrimiento agónico, consiguieron apartarlo de aquel gozo que lo inundaba.
Con enojo, y con un tajo que llegó hasta las cervicales de la víctima como prueba de ello, rebanó el cuello que comenzó a emitir estertores y que a él le parecían música.
Con premura y antes de que la víctima perdiera del todo el conocimiento metió la mano en su interior y comenzó a sacar los gelatinosos intestinos, esparciéndolos a lo largo de sus piernas.
La música cesó y relamiendo uno de sus dedos se incorporó admirando su obra; guardó el instrumental en su capa y con una última mirada de anhelo se alejó, desapareciendo en las brumas.


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La Última Llamada

  El teléfono sonó a las cuatro de la madrugada y, aunque contenido por las paredes de aquella pequeña cabaña en medio del bosque, interrumpió el silencio de la cerrada noche.
La lluvia comenzó a precipitarse con fuerza sobre la choza, chapoteando libremente en su tejado; el pequeño tintineo del agua que se filtraba por la gotera golpeando el interior del habitáculo, comenzaba a acompañar al escandaloso sonido del teléfono.
El viento, embravecido, proyectaba a rachas la lluvia sobre las empañadas ventanas y silbando vehementemente, zarandeaba las copas de los frondosos árboles que circundaban amenazantes aquel emplazamiento.
Las aves nocturnas que se guarecían en las ramas más fuertes de los árboles y que observaban el lugar de donde procedía aquel sonido rítmico característico de esa interminable llamada, comenzaron a ulular, sumándose al chapoteo de la lluvia y al sonido de la ventisca.
Los inesperados rayos rasgaron el cielo nocturno, otorgando una tonalidad distinta a la noche mientras jugaban con sus sombras; los truenos se sumaron al concierto que otorgaba la Naturaleza en aquel recóndito pedazo de tierra.
Un rayo cayó vertiginoso sobre uno de los gigantescos árboles, resquebrajando una de sus ramas con un fogonazo y un estrépito. Aquella rama, aliada en secreto con la fuerza de la gravedad, tomó la trayectoria justa para abalanzarse sobre el tejado y las paredes de aquella construcción, derruyendo parte de su estructura.
El agua y el viento entraban ahora a placer en su interior, intentando apagar la insistente llamada de aquel artilugio.
Una de las aves emprendió el vuelo hacia la descubierta cabaña al mismo tiempo que el viento conseguía precipitar el teléfono desde esa sobria mesa de madera hacia el mojado suelo. El ave aterrizó muy cerca del descolgado teléfono; el brillo del negro auricular descolgado se reflejaba en su grande y brillante pupila; curiosa se fue acercando más, y meneando la cabeza ligeramente hacia un lado y el otro intentando comprender, llegó a colocar uno de sus oídos sobre el callado aparato.
El prolongado y continuo pitido del aparato reverberó en la cabeza del ave antes de reemprender el vuelo ululando.
El repentino cese de la tormenta dejó en evidencia que el teléfono dejó de sonar a las siete de la mañana, con los rayos de sol de un nuevo amanecer acariciando aquel virgen bosque.


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Omar


  Su delgado cuerpo apenas levantaba ya el polvo del camino con sus serpenteantes pies; los rayos de sol incidían con furia sobre el joven muchacho, que con la cabeza gacha y la visión borrosa, se tambaleaba aferrándose a un fino hilo de vida; la seca e insípida arena que se le hospedaba en la boca era ya vieja inquilina, fiel reflejo de la peor sequía habida en décadas; el zumbido de las moscas a su alrededor le mantuvo despierto lo suficiente como para oler aquel pequeño charco de aguas estancadas sobre el que se dejó caer, sorbiendo ávidamente el preciado líquido hasta desmayarse.

  Omar se despertó sobresaltado y sudoroso debido a su ya vieja y repetitiva pesadilla. Su padre adoptivo le devolvió la tranquilidad con una cálida sonrisa, observándolo desde el dintel de la puerta de su habitación, mientras se acicalaba su poblada barba blanca y le apremiaba para vestirse: saldrían a pasear juntos por la ciudad.
La blanca nieve no dejaba de fascinar a Omar, que solía revolcarse en ella en el jardín de su casa y hacer muñecos de nieve con su padre por estas fechas.
Los grandes abetos, decorados con multitud de adornos y luces de diversos colores, le hacían ir señalando a diestra y siniestra y reclamar la atención de su padre continuamente, exaltado.
Pero si algo adoraba de estas fechas era la gran cantidad de puestos de golosinas que habitaban la céntrica calle de su ciudad.
Su padre le compraba una gran bolsa de golosinas todos los años y Omar, como todos los años, se dirigía de la mano de su padre con la bolsa de chucherías, al tramo donde se congregaban la mayor parte de indigentes.

  ─Para mis hermanos -decía siempre feliz mientras repartía todas las golosinas.


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Almendro, Árbol Divino

Antiguas raíces pueblan nuestros terrenos.
Longevos especímenes que hacen de ellos su reino.
Mágicos ejemplares que con el frío pareciendo muertos,
Eclosionan de su letargo con poder divino.
Nacarino, el mensaje con que nos deleitan,
Dirigiendo el níveo resurgimiento pentámero
Raudo, cual si temiesen que la calidez que necesitan,
Ofendida se sintiese por no agasajarle con detalles rosáceos.

Ávidas criaturas de fino paladar acuden,
Revoloteando grácilmente entre sus mieles,
Buscando tenaces lo que aquella invisible fuerza
Ordena, haciendo uso de ellas cuales títeres,
Lisonjeadas por el dulce efluvio que promueven.

Destino prístino, la encomienda de tales deberes,
Interactuando directamente en el bienestar de muchos seres.
Vívida orgía con leves zumbidos enmascarada,
Inducen a la obtención de la semilla tan esperada,
Necesitada, como origen de una extensa progenie,
Obrando el deífico dictamen de perpetuar la especie.


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El Contenedor


  La fila de personas bordeaba la esquina de la calle de la Salud hasta llegar cerca de las puertas de una famosa tienda de libros de la Gran Vía de Madrid. De manera desenfadada, algunos tomándose un café o fumándose un cigarro, charlaban y comentaban unos con otros la novedad de la que iban a ser partícipes mientras esperaban su turno. Y es que, en realidad, la curiosidad se había apoderado de aquellos viandantes que, teniendo un hueco libre en sus agendas, decidieron probar aquella experiencia misteriosa que se ofertaba de manera gratuita.
El contenedor de carga, de las dimensiones de la caja de un camión pequeño, se situaba en un lado de la acera, en sentido longitudinal a ella, para facilitar el acceso a la librería y el transcurso normal de los peatones por la concurrida acera. Sus paredes estaban recubiertas por grandes cortinajes negros que caían hasta la limpia acera, y que de vez en cuando, y ante alguna pequeña brisa de aire, sus ondulaciones dejaban al descubierto, momentáneamente, lo que parecían una serie de estampaciones fotográficas, apenas deducibles, sobre paredes de metacrilato.
Una guapa mujer, en la entrada del contenedor, iba dando paso a la gente de la fila mientras anunciaba por megáfono las virtudes de la máquina de realidad virtual que se encontraba dentro, así como su gratuidad. A la salida del contenedor, un apuesto hombre facilitaba a los usuarios unas breves instrucciones y, acto seguido, dichos usuarios esperaban en la acera de en frente, mirando hacia el contenedor.
Desde dicha acera, uno podía observar si se fijaba atentamente, que la gente entraba al contenedor de carga con una sonrisa y cierta expectación, y que salían pálidos e incluso con lágrimas en los ojos.
En el interior del cortinado contenedor, un cómodo y ergonómico sillón negro, con altavoces en el reposacabezas y un nuevo sistema de vibración y rotación sobre un eje, aguardaba vacío frente a una moderna pantalla 3D y sus correspondientes gafas.
El oscuro e insonorizado habitáculo promovía una mayor concentración del espectador para la proyección de una secuencia de imágenes en primera persona, cuya duración no superaba los diez minutos. Las imágenes y sonidos se sucedían, reproduciendo fielmente el entorno, el ruido ambiental y hasta los pensamientos de los protagonistas con voz en off.
Desde aquel niño pequeño que era feliz jugando con muñecas e imaginando vestidos despampanantes de gala bajo la reprobatoria mirada de sus padres hasta una mujer de unos cuarenta años que mirándose al espejo mientras se le corría el rímel, pensaba en cuán desafortunada era por tener que adaptarse al puesto de buena mujer casada al que la puritana sociedad le relegaba, mientras soñaba con vestir un bonito traje con corbata y seducir como apuesto caballero a alguna bonita mujer.
Los pensamientos reflejaban la realidad de aquellas personas, al igual que se ponía de manifiesto el entorno que las criticaba, rechazaba o que, en general, les hacía sufrir.
Aquel adolescente que sentía el rechazo de sus compañeros por no ser uno más jugando al fútbol, mientras en su habitación colgaban pósters de los grupos de chicos pop del momento en vez de los de las despampanantes modelos que gustaban al resto.
El dolor de aquel hombre en el postoperatorio tras los implantes de senos y la operación de cambio de sexo y, al mismo tiempo, la felicidad plena de sentirse realizado, identificado consigo mismo finalmente.
El abucheo de aquel grupo radical sobre la mujer que, con el pelo rapado, ropa suelta y algo de acné, paseaba de la mano de la única mujer que le había comprendido en toda su vida.
Aquel padre de familia, que al explicarle su verdadera condición sexual y propósitos de futuro a su mujer e hijos, sintió como el miedo y el vacío se apoderaban de él y de su ahora vacía casa, mientras los veía partir apresurados con las maletas a cuestas.
El sordo sonido de un puño impactando en el delicado rostro de aquella mujer de metro ochenta, que contemplaba estupefacta cómo el individuo que tenía delante le increpaba y amenazaba de nuevo con el puño, por no haberle desvelado antes su pasado como jugador de rugby regional.
La impotencia de aquel hombre en el servicio militar que, aun consiguiendo rendir igual que el resto de sus compañeros, tuvo que aguantar las carcajadas de los oficiales, respecto a que debería haberse quedado en casa tejiendo bufandas junto a su madre.
Diez minutos que pasaban rápidos, en un torbellino de imágenes y sonidos que dejaban la amarga sensación de haber vivido diez vidas llenas de angustia. Por lo general, la gente se levantaba mareada del sillón y, con lágrimas en los ojos, procedían a salir del contenedor, tambaleándose.
Cuando ya una numerosa cantidad de personas habían pasado por el interior del contenedor, la mujer y el hombre a la entrada y salida, respectivamente, anunciaron por el megáfono la retirada de los negros cortinajes del contenedor.
Los cortinajes dieron paso a diversas imágenes rotuladas, tanto de la mujer como del hombre, antes de ser operados de cambio de sexo. Se intercalaban imágenes diversas de dedos acusadores; de ambos con un ojo morado en una ocasión en que fueron agredidos; pero también se intercalaban fotos de manos tendidas en señal de apoyo y de sus propias caras, sonrientes y felices, todas conformando un collage bastante representativo.
En el centro de cada lateral del contenedor, resaltando por encima de todo y en letras bien grandes y de diversos colores, una frase rotulada clamaba: Una máquina de realidad virtual llamada EMPATÍA.
Los aplausos del público que aguardaba en la acera de en frente junto al de otras tantas personas, que ni siquiera llegaron a entrar al contenedor, fueron la melodía que acompañó a aquellas dos miradas acuosas adornando, con sonrisas de regocijo, la complicidad de su ya antiguo vínculo.


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El Mensaje


  Eco lejano de cascos resuenan
que sobre un yermo terreno golpean,
denotan con su cadencia serena,
un deber sin menester de presteza.

  Rítmico su sonido se aproxima;
una expectación rauda se avecina
sobre aquellas personas que se hacinan,
por vislumbrar en la densa neblina.

  Prístino un blanco palafrén ya asoma
y sobre su lomo el hombre que monta,
que ataviado con sus humildes ropas
la riqueza en su espíritu denota.

  Frente a la gente relincha el equino
que ante la multitud cae rendido,
lo que origina, de asombro, un sonido
ante aquel dócil animal tendido.

  Desnudos pies se posan en la arena
que llevan al jinete ante la audiencia,
y con sus abiertos brazos esboza
sonrisas cargadas de regocijo.

  Miles los abrazos que entran a escena;
ningún lugar para la displicencia.
Tupida red humana se conforma
rodeando al hombre con crucifijo.

  Verdes brotes que surgen de la tierra,
neblina oscura que se difumina;
la paz y seguridad los desborda
desde su fiel y creyente cobijo.


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Rajeynaya (Con suerte)


  Creía percibir ahora, desde cubierta, los gritos que su familia profirió cuando aquellos hombres llegaron armados con machetes a su hogar con la intención de reclutarlo en un grupo paramilitar infantil. La negativa de sus padres fue rotunda y funesta. Corrió y corrió mirando continuamente hacia atrás y profusos regueros de lágrimas salpicaron la árida tierra.
Abandonando Somalia en una destartalada furgoneta que transportaba resina de mirra, entre la que pudo ocultarse de polizón, deambuló durante meses a pie en aquella tierra para él desconocida.
Sobrevivió a base de restos de basura e insectos pero su delgado cuerpo apenas levantaba ya el polvo del camino con sus serpenteantes pies.
Estuvo tentado de sentir dicha cuando un grupo de esclavistas lo secuestró; al menos deberían alimentarlo para poder vender viva su mercancía.
Tras meses de cautiverio y cicatrices en las muñecas por las ataduras, consiguió escapar en un descuido y atravesar la frontera de Libia, donde al cabo de unos meses, robó las suficientes monedas como para pagarse un pasaje en una patera con cincuenta personas más.
La embarcación zozobró a mitad de camino y cuarenta de esas personas murieron ahogadas.
Cuando comenzaban a abandonarle las fuerzas y el frío comenzaba a entumecer sus delgados miembros, atisbó un gran foco de luz a lo lejos que parecía acercarse.
Tiritando empapado en agua de mar, se aferraba con fuerza a aquella fotografía de su familia, mientras la primera mujer blanca que veía en su vida, le arropaba con una cálida manta y una sonrisa.

  Dos años, seis mil trescientos quilómetros y una promesa después, se permitió volver a llorar.


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