El Contenedor

   La fila de personas bordeaba la esquina de la calle de la Salud hasta llegar cerca de las puertas de una famosa tienda de libros de la Gran Vía de Madrid. De manera desenfadada, algunos tomándose un café o fumándose un cigarro, charlaban y comentaban unos con otros la novedad de la que iban a ser partícipes mientras esperaban su turno. Y es que, en realidad, la curiosidad se había apoderado de aquellos viandantes que, teniendo un hueco libre en sus agendas, decidieron probar aquella experiencia misteriosa que se ofertaba de manera gratuita.

   El contenedor de carga, de las dimensiones de la caja de un camión pequeño, se situaba en un lado de la acera, en sentido longitudinal a ella, para facilitar el acceso a la librería y el transcurso normal de los peatones por la concurrida acera. Sus paredes estaban recubiertas por grandes cortinajes negros que caían hasta la limpia acera, y que de vez en cuando, y ante alguna pequeña brisa de aire, sus ondulaciones dejaban al descubierto, momentáneamente, lo que parecían una serie de estampaciones fotográficas, apenas deducibles, sobre paredes de metacrilato.

   Una guapa mujer, en la entrada del contenedor, iba dando paso a la gente de la fila mientras anunciaba por megáfono las virtudes de la máquina de realidad virtual que se encontraba dentro, así como su gratuidad. A la salida del contenedor, un apuesto hombre facilitaba a los usuarios unas breves instrucciones y, acto seguido, dichos usuarios esperaban en la acera de en frente, mirando hacia el contenedor.

   Desde dicha acera, uno podía observar si se fijaba atentamente, que la gente entraba al contenedor de carga con una sonrisa y cierta expectación, y que salían pálidos e incluso con lágrimas en los ojos.

   En el interior del cortinado contenedor, un cómodo y ergonómico sillón negro, con altavoces en el reposacabezas y un nuevo sistema de vibración y rotación sobre un eje, aguardaba vacío frente a una moderna pantalla 3D y sus correspondientes gafas.

   El oscuro e insonorizado habitáculo promovía una mayor concentración del espectador para la proyección de una secuencia de imágenes en primera persona, cuya duración no superaba los diez minutos. Las imágenes y sonidos se sucedían, reproduciendo fielmente el entorno, el ruido ambiental y hasta los pensamientos de los protagonistas con voz en off.

   Desde aquel niño pequeño que era feliz jugando con muñecas e imaginando vestidos despampanantes de gala bajo la reprobatoria mirada de sus padres hasta una mujer de unos cuarenta años que mirándose al espejo mientras se le corría el rímel, pensaba en cuán desafortunada era por tener que adaptarse al puesto de buena mujer casada al que la puritana sociedad le relegaba, mientras soñaba con vestir un bonito traje con corbata y seducir como apuesto caballero a alguna bonita mujer.

   Los pensamientos reflejaban la realidad de aquellas personas, al igual que se ponía de manifiesto el entorno que las criticaba, rechazaba o que, en general, les hacía sufrir.

   Aquel adolescente que sentía el rechazo de sus compañeros por no ser uno más jugando al fútbol, mientras en su habitación colgaban pósters de los grupos de chicos pop del momento en vez de los de las despampanantes modelos que gustaban al resto.

   El dolor de aquel hombre en el postoperatorio tras los implantes de senos y la operación de cambio de sexo y, al mismo tiempo, la felicidad plena de sentirse realizado, identificado consigo mismo finalmente.

   El abucheo de aquel grupo radical sobre la mujer que, con el pelo rapado, ropa suelta y algo de acné, paseaba de la mano de la única mujer que le había comprendido en toda su vida.

   Aquel padre de familia, que al explicarle su verdadera condición sexual y propósitos de futuro a su mujer e hijos, sintió como el miedo y el vacío se apoderaban de él y de su ahora vacía casa, mientras los veía partir apresurados con las maletas a cuestas.

   El sordo sonido de un puño impactando en el delicado rostro de aquella mujer de metro ochenta, que contemplaba estupefacta cómo el individuo que tenía delante le increpaba y amenazaba de nuevo con el puño, por no haberle desvelado antes su pasado como jugador de rugby regional.

   La impotencia de aquel hombre en el servicio militar que, aun consiguiendo rendir igual que el resto de sus compañeros, tuvo que aguantar las carcajadas de los oficiales, respecto a que debería haberse quedado en casa tejiendo bufandas junto a su madre.

   Diez minutos que pasaban rápidos, en un torbellino de imágenes y sonidos que dejaban la amarga sensación de haber vivido diez vidas llenas de angustia. Por lo general, la gente se levantaba mareada del sillón y, con lágrimas en los ojos, procedían a salir del contenedor, tambaleándose.

   Cuando ya una numerosa cantidad de personas habían pasado por el interior del contenedor, la mujer y el hombre a la entrada y salida, respectivamente, anunciaron por el megáfono la retirada de los negros cortinajes del contenedor.

   Los cortinajes dieron paso a diversas imágenes rotuladas, tanto de la mujer como del hombre, antes de ser operados de cambio de sexo. Se intercalaban imágenes diversas de dedos acusadores; de ambos con un ojo morado en una ocasión en que fueron agredidos; pero también se intercalaban fotos de manos tendidas en señal de apoyo y de sus propias caras, sonrientes y felices, todas conformando un collage bastante representativo.

   En el centro de cada lateral del contenedor, resaltando por encima de todo y en letras bien grandes y de diversos colores, una frase rotulada clamaba: Una máquina de realidad virtual llamada EMPATÍA.

   Los aplausos del público que aguardaba en la acera de en frente junto al de otras tantas personas, que ni siquiera llegaron a entrar al contenedor, fueron la melodía que acompañó a aquellas dos miradas acuosas adornando, con sonrisas de regocijo, la complicidad de su ya antiguo vínculo.


  Todas las imágenes empleadas en mis artículos provienen de Pixabay y están hipervinculadas a dicha página.

Autor: Miguel A. Cabanes

Lector voraz desde temprana edad, siente el deseo instintivo de escribir en su adolescencia, durante ocasiones puntuales, pero ceja en su ejercicio debido a presiones sociales diversas. Se reencuentra con la escritura y se deja seducir por ella plenamente y sin tapujo alguno, a finales de 2015, momento en el que comienza a concursar en diversos certámenes oficiales. Tras participar en más de una veintena de concursos logra alzarse en 2016 con el 1er premio del «XXII Certamen de Cartas de Amor Ciudad de Bailén», gracias a su prosa poética titulada «A ti», donando el importe en metálico a la asociación medioambiental AMECO, en Jaén. Alterna su trabajo actual como Cabo Especialista en Telecomunicaciones de la Unidad Militar de Emergencias (UME) con la gestión de su página oficial "Miguel A. Cabanes" en Facebook y su "blog" dedicado a temática diversa y desenfadada: artículos de investigación, documentación sobre fauna y flora, críticas gastronómicas, estudios bursátiles, etc., en Steemit. Es brevemente entrevistado por M80 radio y Onda Cero (ambas con sede en Jaén) con motivo del galardón anteriormente mencionado; es entrevistado en el programa «Andando y viendo» de Radio Godella, en la 98.0FM y colabora, leyendo diversos escritos como artista invitado, en el programa del mismo nombre, esta vez para Radio Bétera, en la 107.9FM. No pierde la ilusión por escribir, encontrándose en continuo aprendizaje y viendo la escritura como un bien de un valor incalculable que debemos preservar. Algunas de sus otras aficiones actuales son el canto clásico, con el que lleva año y medio de clases particulares bajo enseñanza de una soprano reconocida a nivel local, y el piano, respecto al que está comenzando a recibir clases, desde hace un par de meses.

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